Hilos de alma

Capítulo 1. El valle de la Muerte.

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¿Cuántas veces hemos contemplado un hermoso lugar sin saber que en él acaecieron hechos terribles? La belleza que percibimos en ese momento es solo la última y efímera capa que cubre otras menos gratas. Como en el muladar, donde en primavera brotan chiribitas y amapolas sobre los últimos despojos.

El valle de la Muerte era uno de esos lugares. Se abría en la cara sur del collado que servía de paso entre las montañas que marcaban la frontera entre dos de los reinos más sanguinarios que se hayan conocido: el del Cielo Rojo y el de las Águilas Negras. La última guerra la ganó el Cielo Rojo y durante un tiempo reinó la paz. La frontera se desdibujó y el valle cayó en el olvido.

La hilandera realizaba un trabajo que nadie más podía hacer; su madre se lo había enseñado y ahora se perdería con ella, ya que no había tenido descendencia. Pero no le importaba, ya no; era así, y así estaba bien.

¿A qué se dedicaba una hilandera? La respuesta simple es esta: a extraer hilo de almas. Las brujas necesitaban ese hilo, pues sin él, los conjuros no funcionaban. También las hadas lo utilizaban en sus hechizos, antes de perecer todas a manos de las brujas. Ahora ya no quedaban espíritus buenos, y el mal se enseñoreaba a sus anchas por todos los reinos.

Os diré cómo hacía su trabajo, pero callaré uno de los puntos clave en la extracción del hilo. Es bueno que algunos secretos se mantengan, así no podréis replicarlo. Si deseáis saberlo, tendréis que pagar el precio que os pidan, y será muy alto. Lo siento, id acostumbrándoos a pagar por casi todo.

Los cadáveres eran la materia prima, y debía haber muchos para que mereciera la pena iniciar el proceso de hilado. Y allí, en el valle de la Muerte, abundaban.

El paso entre las montañas que había dividido los dos reinos tenía la belleza de los lugares olvidados. Las laderas estaban cubiertas de frondosos bosques, y de las cumbres bajaban infinidad de arroyos que se iban uniendo, haciendo que el caudal creciera y cobrara fuerza. El sol, al atardecer, precipitaba sus últimos rayos sobre los riscos de las montañas que cercaban el valle, tiñendo de rojo las cumbres. Pero también allí, durante generaciones, se habían librado multitud de batallas. Miles de soldados de todas las edades —a los reyes ese detalle no les importaba— yacían enterrados a toda prisa por los supervivientes, que solo anhelaban regresar a sus hogares.

Así que la materia prima no era un problema, lo arduo era desenterrarlos y transportarlos hasta el viejo molino, donde se iniciaba el proceso.

La parte que no os contaré es la que se refiere a la composición de la pócima que se vertía en los fosos con agua procedente del arroyo, y que tenía la propiedad de «fijar» el alma.

Os preguntaréis: ¿el alma no sale del cuerpo en cuanto este muere? A veces no. Puede ocurrir que le dé miedo escapar del cascarón calentito que la contenía y, cuando quiere abandonarlo, ya no puede. A mí esto me lo contó una monja que había sido bruja antes… ¿o era al revés? Me parece que ahora es bruja, o quizá siempre lo fue y ahora ejerce sin complejos.

Un carromato tirado por un burro era el medio utilizado para transportar los cadáveres que desenterraba. El trabajo era rudo y cada día que pasaba le costaba un poco más. ¿Qué podía hacer? No conocía otra cosa, pues su madre no le había enseñado otro modo de vida. Si ella hubiese tenido una hija, la habría animado a salir y conocer otros lugares y personas. La instaría a huir del olor acre que emanaba de los fosos donde se maceraban los despojos.

Desenterraba a los caídos de las tumbas donde habían sido arrojados sin miramientos. En muchos casos encontraba los cuerpos de los otrora enemigos entrelazados, como si, una vez muertos, hubieran sentido miedo de lo que les esperaba y buscaran consuelo en los brazos del otro.

Con el carro cargado emprendía el viaje de regreso al molino, donde, como ya os he dicho, arrojaba los cuerpos a unos fosos excavados en la tierra y llenos de agua mezclada con la sustancia fijadora que le permitía extraer el hilo. Estos permanecían en las cavidades una semana, más o menos. El color del agua indicaba cuándo el fijador había hecho efecto: el tono gris era la señal de que ya estaban listos para la siguiente fase, en la que el batán era clave. Los golpes rítmicos y fuertes de los mazos lograban desmenuzar los cuerpos y —si había suerte— aparecía el hilo, que podía tener distintos colores, siendo el más común el irisado, y en menor medida, hilos negros y dorados. El siguiente paso era recogerlo en un huso de madera para almacenarlo en el sótano del molino.

Os contaré un secreto: la razón por la que se almacenaban en el subterráneo, en la más estricta oscuridad, era que al contacto con los rayos del sol explotaban. Su manipulación debía hacerse con mucho cuidado, si no se quería sufrir un contratiempo.

La suerte influía mucho en este negocio. La hilandera podía pasarse días enteros sin obtener resultados, encontrando solo cuerpos sin alma. Y, sin embargo, otros días, los golpes del batán desmenuzaban cuerpos de los que se extraía hilo en abundancia.

Como ya os dije, las brujas de todos los reinos se desplazaban hasta allí para comprar hilo, pues ella era la única proveedora, la única que conocía el secreto para extraerlo.

El hilo iridiscente reportaba ingresos constantes, ya que era la base de conjuros destinados a preservar la juventud o restaurar la belleza perdida. Mujeres de todos los reinos, y cada vez más hombres, pagaban auténticas fortunas por ese hechizo, cuyo ingrediente principal era un pequeño trozo de dicho hilo. También era la base de los conjuros de amor y, como comprenderéis, siempre había hombres y mujeres dispuestos a pagar por obtener los favores del renuente a sus anhelos.

Los otros dos tipos de hilo les reportaban aún mayores ganancias y algo mucho más importante: poder.

El hilo negro se utilizaba en conjuros que provocaban desgracias y muertes. Sus demandantes compartían una misma característica: la bajeza moral. Podían vivir en chozas o en fastuosos palacios, pues el odio puede anidar en el pecho de cualquiera —espero que no en el vuestro—.

El hilo dorado era el más escaso de todos. Los hechizos realizados con él servían para mantener o alcanzar el poder. Las brujas seleccionaban muy bien a los clientes a quienes ofrecían el encantamiento, ya que eran o serían los futuros mandamases. Este hilo era requerido sobre todo en los reinos con varios herederos y era solicitado, normalmente, por quienes ocupaban posiciones bajas en la línea sucesoria. La recompensa: reinar. Pero el precio a pagar era alto. Casi siempre se debían contratar también hechizos de muerte, para deshacerse de algún competidor, y de amor, para sellar alguna alianza. Reinar no era fácil, y menos aún barato. Una ruina para las arcas del reino.

Debo decir que, en casos como estos, con multitud de conjuros, las brujas solían hacerles una rebaja a sus clientes; hay que reconocerles cierto espíritu comercial.

La razón por la que existían tres tipos de hilo tenía que ver con los cuerpos de donde se extraían, si bien era imposible, a priori, predecir qué tipo de hilo saldría de uno u otro cuerpo. Pero continuemos.

Las brujas eran unas rácanas y pagaban a la hilandera, por ejemplo, con sacos de trigo, vasijas de barro, telas para hacer vestidos o cualquier otra cosa que ella necesitara, pero nunca con dinero. Siendo pobre, nunca podría marcharse; la querían allí, trabajando duro para su beneficio.

Una de las brujas, la más acaudalada de todas, vivía en la capital del reino vencedor de la última guerra y se llamaba Armida. No le faltaban clientes en la corte. Muchos deseaban escalar posiciones, pues existía una clara correlación entre el puesto que se ocupaba y la fortuna que se amasaba; todos lo sabían. Siempre había alguien conspirando contra un tercero, y en esos casos ahí estaba ella, dispuesta a ayudar a cambio de una buena suma de dinero. Para redondear el negocio, los que estaban más arriba —y que en su momento también habían medrado— sabían que debían protegerse frente a los hechizos de los de menor rango y, por eso, también contrataban los servicios de la bruja. El negocio era muy lucrativo; tanta demanda la convertía en la mejor clienta de la hilandera. Pero un pensamiento no dejaba de rondarle la cabeza a la bruja: temía quedarse sin hilo para sus negocios. La hilandera envejecía, y cada año extraía menos cantidad. Desde su último viaje al molino, vio con claridad que debía hacer algo para asegurarse el suministro. Las ambiciones de sus clientes mortales habían calado en ella, y ya no se conformaba con lo que tenía —¡que era mucho! —, y quería más. La solución se presentó ante sus ojos un día de mayo. Una niña rubia y de piel muy clara había quedado huérfana de madre. Su padre había pagado por un hechizo de muerte para acabar con su esposa, a la que nunca amó, y casarse con otra, a la que tampoco amaba, pero que le permitiría escalar puestos en el escalafón de la corte.

El padre le dijo a la bruja:

—Quédatela en pago de futuros encargos.

Armida miró a la pequeña y respondió:

—No parece valer gran cosa. Poco podré darte por ella… pero vale, me la quedo —añadió, mirándola de soslayo. Su ojo entrenado le permitía asegurar que, en el futuro, sería hermosa, y eso siempre ayudaba—. Ya haremos cuentas en el próximo trato.

El padre se marchó sin mirar atrás, con la mente puesta en su próximo negocio, convencido de que lo haría aún más rico. Iba contento por haberse deshecho de aquel incordio de niña. Por muy calladita que fuera, no soportaba que lo mirase con esos ojos verdes que tanto le recordaban a los de su difunta mujer.

Cuando la niña se quedó a solas con la bruja, comenzó a llorar casi en silencio, como si temiera molestar a quien, desde ese momento, tendría poder sobre ella.

—¿Qué edad tienes?

—Seis años.

—¿Cómo te llamas? No, mejor no me lo digas. Lo que no tiene nombre no existe… y tú solo existirás cuando a mí me interese. ¿Lo has entendido, niña?

—Sí —respondió, mientras sus ojos se llenaban de lágrimas—. No tengo nombre.

Trató de parecer mayor, alzó la barbilla mientras las últimas gotas saladas que brotaban de sus ojos se precipitaban al vacío, el mismo que sentía abrirse a sus pies.

—¿Te gustaría venir conmigo a mi palacio?

La niña guardó silencio.

A la bruja le daba igual lo que ella quisiera. Era un «bien» más dentro de su ya vasto patrimonio.

La llevaría al valle de la Muerte y la dejaría allí con la hilandera. Esta no tendría más remedio que hacerse cargo de ella. Y lo más importante: le enseñaría su oficio.

Tendría hilos de almas por muchos años.