La isla flotante

Capítulo 1. El camino.

Primer capítulo completo · 3 min de lectura

Aster era de la aldea asentada en lo alto del acantilado, frente a la isla suspendida sobre el mar, hogar del Gran Mago. Allí se ganaban la vida dando posada y comida a quienes acudían a contemplar el prodigio.

Aunque era solo un adolescente, Aster había presenciado numerosos intentos de llegar a ella. Unos echaban a correr y, a los pocos segundos, se despeñaban con los pies abiertos en carne viva. Otros avanzaban de puntillas, como si el silencio pudiera engañar al Camino Lima; pero el Camino hacía su trabajo, y el pie —empezando por los dedos— acababa reducido a una pulpa roja. Hubo incluso quien se fabricó un calzado de piedra, atado con correas de cuero. Estuvo a punto de lograrlo. Entonces una de ellas se rompió… y allí terminó su aventura.

Otros, armados con picos y palas, trataron de destruirlo. Lograban desgajarlo de la tierra, pero no caía: igual que la isla, flotaba. Y, aún más inquietante, a la mañana siguiente se había regenerado. «Como el rabo de una lagartija», pensó Aster la primera vez que lo vio.

A veces, los niños se internaban en el Camino, para espanto de los mayores, que gritaban al ver el peligro; pero el Camino no les dañaba.

—Sabe quién lo pisa —decían los más ancianos.

Por las noches, al calor del rescoldo, mientras su madre removía las sopas de leche y él acercaba la silla y el taburete a la mesa, ella le contaba la leyenda: la misma que ya había oído cientos de veces, pero que en su voz sonaba distinta, más cercana.

Decían que un mago poderoso, harto de los hombres y de sus miserias, levantó la isla y la separó de la costa para vivir en paz. La unió a tierra con un camino que limaba la carne para evitar visitas indeseadas.

La materia de la isla era motivo de disputa. Unos juraban que era piedra porosa, como la que escupen los volcanes; su color negro iridiscente parecía confirmarlo. Otros decían que era carbón y que, si alguien la alcanzaba, la isla entera ardería. En una cosa coincidían: encerraba riquezas para mil vidas.

—La codicia los pierde —decía su madre mientras servía la sopa en platos de madera.

Aster miraba hacia el Camino y se le erizaba el vello.

—¿Por qué lo intentan?

A Aster le asustaba nombrar la muerte: temía que decirla en voz alta bastara para llamarla. El recuerdo de su padre —las manos mojadas, la cuerda empapada de sal, la hebilla del cinturón aparecida días después enredada en una red— lo paralizaba por dentro.

Por eso no entendía a los que se adentraban en el Camino como si la sola determinación bastase. Fracasaban. Iban mal preparados. Él no cometería ese error.

Su madre tardó en responder. Miró primero hacia el Camino, como si todavía pudiera ver los pies abiertos de quienes lo habían intentado.

—Mañana vendrá otro —dijo al fin—. Siempre viene otro.

Aster sintió un escalofrío.

Durante un instante imaginó la roca negra bajo sus pies, el viento en la cara y la isla rendida al fin. Luego apartó la vista, como si lo hubieran sorprendido en falta.

Su madre lo miró y comprendió que ya empezaba a buscar otra luz.